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Izquierdas incomunicadas

 

por Pablo Stefanoni, columna “La verdad de la milanesa”, La Paz

Página 13, 6 julio 2010

Un evento en Bruselas –esta semana- sobre los gobiernos de izquierda en Europa y América Latina dejó en evidencia las dificultades de comunicación entre los movimientos progresistas a ambos lados del Atlántico. Es claro que las coyunturas son distintas: si en Europa el tema es la crisis y la desmovilización social en varios de los países, en Latinoamérica las izquierdas se enfrentan a los desafíos de gobernar (en muchos casos con buenas condiciones económicas para emprender proyectos reformistas).

Francia es un claro ejemplo donde la sensación de pesimismo va mucho más allá del default en el mundial, con todos los escándalos anexos incluidos. La sensación generalizada (Sarkozy no supera el 35% de popularidad) es que el presidente neoconservador -y farandulesco- está acabando con una gran parte de las conquistas del estado francés, que ha llenado puestos claves de incompetentes y que la izquierda del Partido Socialista no da pie con bola –y apenas se distingue de la derecha-.

Sólo un caso: un secretario de Estado debió renunciar esta semana después que el semanario satírico Le Canard Enchainé revelara que se gastó 12.000 euros del tesoro público en cigarros cubanos.

La izquierda radical no escapa a la obsesión por la identidad nacional, o la paranoia civilizacional (al decir de Marc Saint-Upéry): mientras muchos simpatizan cándidamente con ponchos y lluchus indígenas, y con cosmovisiones ancestrales varias, el sociólogo Hervé Do Alto recuerda que muchos militantes del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) se escandalizaron porque una de sus candidatas -de origen árabe- lleva velo. Pero el desencuentro entre las izquierdas del “primer” y “tercer” mundo parece más amplio y tiene poco que ver con “cosmovisiones” diferentes. Mientras fuerzas como el Partido de la Izquierda alemán –y otros que cogobiernan con la socialdemocracia en Europa del norte- se mantienen en posiciones ultrainstitucionalistas –ya no hablan de trabajadores sino de “sindicatos”–, la izquierda latinoamericana peca el peligro opuesto: apenas discute sobre políticas públicas y sus discursos están plagados de “poesía” anticapitalista y/o socialista del siglo XXI, sin dar pistas precisas de una posible transición poscapitalista. Y sigue sin responder a una pregunta básica: ¿acaso los partidos de izquierda no debieron moderar sus discursos para ganar? ¿acaso las mayorías populares latinoamericanas quieren salir del capitalismo sin una mínima idea de lo que vendría después? El caso ecuatoriano es sintomático: el gobierno no puede desdolarizar porque no hay una masa crítica de apoyo social para ello.

Pero hay muchas áreas donde es posible establecer puentes productivos política y analíticamente. Mientras que la izquierda latinoamericana puede aportar sus propias experiencias en términos de nexos con los movimientos sociales (que explican gran parte del giro a la izquierda continental y son un claro déficit de los socialistas trasatlánticos), las izquierdas europeas pueden aportar una crítica al devenir de los estados de bienestar, que hoy constituyen el imaginario “utópico” de la mayoría de nuestras sociedades, y un diagnóstico preciso de la crisis en el centro del capitalismo. Adicionalmente, el ecologismo europeo podría aportar valiosos análisis sobre perspectivas de bienestar “posdesarrollista” que dialoguen con nuestro difuso pachamamismo, incapaz de plantear un cuestionamiento serio al neoextractivismo. En medio de la crisis, estos intercambios no solo son positivos, son imprescindibles.